Nan Goldin es una artista estadounidense, renovadora de la fotografía documental y narradora de la escena contracultural de Nueva York de los años 70 y 80.
Nan Goldin es, sin duda, una de las fotógrafas más relevantes del siglo XX por su aportación al retrato documental de una importante parte de la sociedad, de una realidad que, pocas veces, era retratada para el gran público. Su obra, en forma de álbum de fotos familiar, nos llena de vida y de muerte, de alegría, melancolía, ilusión y decepción.
Nan Goldin (EEUU 1953) tuvo una infancia dura marcada por la soledad y los cambios. Tras la separación de sus padres y el suicidio de su hermana comienza una particular danza por casas de acogida. Esta falta de arraigo familiar hace que sus amigos y amigas se conviertan en sus verdaderas raíces y principales estrellas de su fotografía. Una fotografía personal y cercana, más propia de la instantánea que de la representación figurativa. Comenzó fotografiando en blanco y negro pero no tardó en dejar constancia de su mundo a todo color.
Goldin se inició en la fotografía a los 15 años. En 1977 obtuvo el grado universitario en Bellas Artes (Bachellor in Fine Arts) por la School of the Museum of Fine Arts en Boston.
En aquella época Goldin comienza a usar una cámara Pentax con un lente angular y un flash. Desde entonces la luz de destello se convierte en una parte fundamental de su estilo. La curadora Elisabeth Sussman dice que la característica luz artificial del flash es tan importante en la estética de Goldin que este tipo de iluminación es replicado –quizá inconscientemente- aun cuando Goldin hace fotografías con luz natural.
Goldin abandona Boston y se establece en el barrio de Bowery, en Manhattan, donde se topa con el estallido del punk y la aparición paralela de decenas de impulsos contraculturales.
En Nueva York, la fotógrafa encuentra el gran tema de su obra: la narración de la vida sentimental y sexual de ese ambiente. Goldin, de hecho, se califica a sí misma como «fotógrafa documentalista».
Para emprender esa narración, Goldin trabaja con series de fotografías que cuentan desde dentro la vida de sus amigos: iniciación, plenitud y dependencia sexual, depresión, pobreza, amor, soledad, violencia, enfermedad... Para enfatizar el efecto narrativo, Goldin presenta esas imágenes en películas que muestran las fotografías sucesivamente. La más famosa de ellas se llama La balada de la dependencia sexual (título tomado de una canción de Bertolt Brecht), y ya muestra el efecto devastador del sida sobre esa generación en 1986.
Tanto es así que, poco después de presentar La Balada de la dependencia sexual en Europa, Goldin ingresa en una clínica de desintoxicación, donde sigue trabajando. Allí, el autorretrato se convierte en uno de los temas recurrentes de su obra. Más tarde, la fotógrafa rodaría un documental autobiográfico, I'll be your mirror, que toma su título de una canción de la Velvet Underground.
Las principales temáticas de las obras de Nan Goldin son: el amor, la sexualidad y el género. En la época del estallido del underground, el punk, la contracultura, el comienzo de la visibilización de diferentes identidades sexuales y de género y el SIDA, Nan se quedó prendada del movimiento Dragqueen:
“Se convirtieron en mi mundo entero. Parte de mi adoración involucraba fotografiarlos (…) nunca los vi como hombres vistiéndose como mujeres, sino como algo completamente diferente: un tercer género que tenía más sentido que cualquiera de los otros dos”.
Y así nos lo ha transmitido, a través de sus intensas, personales, cautivadoras e íntimas fotografías, a lo largo del tiempo. Una realidad paralela a la de la sociedad mainstream, una realidad con sus luces y sombras. Instantes que reflejan desde la más absoluta felicidad a la más inimaginable de las tristezas, pero siempre con rodeada de buen@s amig@s que son, principalmente, las y los protagonistas de sus obras.
Esta combinación entre fotografía documental y arte ha hecho de Nan Goldin una de las fotógrafas más influyentes del siglo XX.
Así, en el Mudd Club del lower Manhattan se realizó la primera presentación de este performance. Era 1979
Goldin trabajaba como camarera en un bar del Tin Pan Alley cuando se le ocurrió la idea de mostrar un pase de las diapositivas con las fotografías que había realizado durante años de sus amigos. En medio de las atmósferas aguardientosas, muchos espectadores eran, a la vez, protagonistas de aquel slideshow que Nan presentaba mediante un proyector de carrusel.La experiencia se repitió no pocas veces, hasta convertirse en un auténtico performance.
La presentación oficial de La Balada ocurrió en la Whitney Biennial de 1985 y su aceptación catapultó meteóricamente a Nan Goldin como una de las fotógrafas posmodernas fundamentales.
La Balada es, realmente, una experiencia performática, que tiene distintas expresiones que pueden ir desde una presentación de diapositivas en un barecillo maloliente, pasando por una proyección presentada en el MoMA de Nueva York o puesta en páginas de un libro.
La Balada se convirtió, rápidamente, en una obra grandemente apreciada y “…considerada como la renovadora de la fotografía documental estadounidense y la legítima narradora de la escena contracultural de Nueva York en los años 70 y 80.”
Han pasado más de tres décadas desde su presentación inicial y estas fotografías íntimas se han convertido en retratos de temas universales. Dayna Evans ha escrito que “La intemporalidad, no hay sorpresa en ello, es una de sus grandes virtudes. […]…la electricidad de estas imágenes no ha disminuido.” Y es que esta serie “Es bella, poderosa y evocadora: un examen íntimo acerca de cómo construimos –y destruimos- la identidad.”
Lo primero a tomar en cuenta al leer La Balada, es recordar que se trata de un diario personal, visual, íntimo -pero público- de la vida de Nan Goldin. Así lo explica la autora en la primera línea de su introducción al libro. Es importante aclarar que La Balada no es un experimento antropológico o artístico, sino un recuento de lo que acontecía en la vida de la fotógrafa.
Goldin desafía convenciones, particularmente al mostrar hombres desnudos, que no deja de ser un tabú aun cuando el desnudo femenino es abiertamente aceptado. Un capítulo del libro está dedicado a la sexualidad en distintas manifestaciones que van desde manoseos y escarceos hasta momento explícitos.
En aquellas pequeñas diapositivas a un tiempo se esconden y revelan “Amantes despreciados, apartamentos maltratados, encuentros nocturnos y fiestas con cerveza en lata y cigarros: sin un ojo atento, se trata de escenas que nadie querría preservar…” Nadie, excepto sus protagonistas, para quienes cada imagen es un pedazo de existencia. El conectarnos a esas vidas es lo que convierte a La Balada en una experiencia compartida, un diálogo. Su poder universal radica en que nuestras existencias importan.
La Balada es un diario personal visual que rechaza el movimiento New Wave en Nueva York retratando una era marcada por la adicción a las drogas, el sexo y una naciente epidemia de Sida. Pero, además de diario, para Goldin la cámara es una extensión de su ser fotográfico que contribuye al registro, pero también a la comunión y el diálogo.
Como buen diario, realmente su centro es la propia Nan Goldin, y las fotografías son producto de los lugares donde transita y las amistades, amores y desamores que la acompañan a lo largo de los años. La serie comienza aproximadamente en 1976 y es terminada en 1985. Sin embargo, Goldin sigue fotografiando hasta el día de hoy.
Quien vea estas fotos puede preguntarse por qué son tan importantes si están fuera de foco, plagadas de cortes extraños, con una luz a veces espantosa, mezclada… Goldin ha hecho propia la estética de la fotografía vernácula, casera. En su diario es más importante la gente, el momento, la etapa o el lugar que el preciosismo. Se trata, a todas luces, de una obra que ha superado el modernismo tan preocupado de los valores formales. Es un trabajo genuinamente posmoderno. Más que un hecho estético, La Balada es una gran pieza performática.